1
Adiós muchachos
Me mandé una macana, tomamos el avión siguiente, no se preocupen, nos encontramos en Cali en un par de días, pero sí che, no, qué mina ni mina, me quedé dormido me entendés, me tiré un rato y seguí de largo, sí, el Pibe también, de acuerdo, tá bien, ustedes vayan, arreglen todo, ensayen mucho, no se tiren a la marchanta, bueno, bueno, Barbieri, dejá de darme consejos que no sos mi vieja, hola, hola, se cortó.
Carlos qué bicho te picó, vamos todos juntos, entramos en los dos autos; insistió el portavoz del grupo, Barbieri, unas horas antes; dejáme Negro, qué poca cancha, no ves que tengo que despedirme de una mina, vayan llevándose las cosas, yo los alcanzo en el aeropuerto dentro de un rato, che prestáme tu guitarra, la despedida viene con música; suena rara en los labios de Gardel la palabra despedida, mejor dicho el modo en que la dice, con poca fe, suena rara en su cara porque la sonrisa absoluta que esgrimió cuando dijo dejáme Negro se transforma en una mueca indescifrable, una mueca que todos cuidan al no preguntar, para que se quede quietita hasta que Carlos regrese de donde está, una mueca que desaparecerá cuando se cierre la puerta que se traga a los músicos; listo Carlos, no hay más que hablar, muchachos nos vamos; pero la sonrisa no aparece, no aparecerá por largo tiempo en la vida de Gardel.
Si nos quedamos más tiempo perdemos el vuelo; lo dijo como una formalidad porque él está anclado en la ventana del cuarto viendo el cordón de sierras que rodean la ciudad, mirando algo indefinido que no puede precisar con palabras. No se preocupe, ya veremos qué se hace; dice mientras descubro en su voz que no está anclado en este cuarto, está varado sin vientos palpables, sin corrientes peligrosas, sin tripulación experta, vara en Medellín en una maniobra imprevista, deseada; nos quedamos unos días más; y suspendidos ahora en esa nube los dos vemos el hotel, nuestro cuarto, la guitarra, las camas, y a un Zorzal mudo, quieto, asomado a la ventana.
Pibe déjeme un ratito solo, no se ofenda, después vamos a tomar algo, necesito sacarme la zoncera de encima. No lo dejo por mucho, al rato en la calle se me aparece en una foto todo sonrisa; me compra señor; venta segura pibe, dáme una; una foto que hasta hace un rato derrotaba el tiempo y la descomposición, ahora es la de un extranjero en un cuarto de hotel, un extranjero que no alcanza a descifrar el significado de una nube, de un recuerdo. Pienso en los muchachos y en los asientos vacíos. Camino la ciudad sin animarme a sus suburbios porque desconozco las cortadas, su pasado, y sus miserias. Me paro a mirar los umbrales, los zaguanes, adivino encuentros y despedidas, Gardel canta para embellecer las derrotas y los festejos de las parejas, como si el destino de todas estuviese contenido en un título, una letra, una música.
En una esquina en el fin de la ciudad cruzo de vereda, camino del hotel, en cada cuadra, en afiches, se me aparece el que quedó en la ventana, el que perdió el avión, el que ya debe estar esperándome, el que con sus muchachos se muere desde la radio chillona de un bar, el que ahora hace llorar a la gente en la avenida mientras apuro el paso buscando a Gardel, al que dejé mirando la nube.
No me diga nada, ya lo escuché, abráceme nomás.
2
Y la reina dio a luz un hijo
que se llamó Asterión.
Apolodoro; Biblioteca, III,I
Muchachos tengo que atender algo del boliche; se disculpa Carlos abandonando la mesa de improviso sin preanuncios, sin que gestos, dichos, copas, o risas hayan siquiera rozado algún flanco débil del Morocho, no se le advierte corte, herida o rasguño en este entrevero de lances inteligentes e inofensivos; si me disculpan; y en el acento del culpan advierto esa llaga que nadie percibe por donde se escapan lentas gotitas de melancolía, de tristeza. Con una mirada rápida le dice al de la barra que se encargue de El Volver, manda el capitán que en la calma chicha de esta noche ve venir la tormenta negra, ruidosa, temible, capaz de dar vuelta con un solo manotazo la barra, el boliche, y la ciudad. El tango que sale de la fonola debe ser declarado sin más trámites libre de toda sospecha.
Vieja usted me tiene que ayudar; escucho la voz de Carlos dentro de la pieza reservada para los encuentros. Seguí de manera silenciosa e imperceptible, para no ofenderlo, al amigo que enfrenta una partida difícil. Parado junto a la puerta cerrada, como escondido detrás de un árbol, lo veo medirse con un malevo infalible y ladino, agazapado espero aunque él jamás me llame para que le tire una soga, un abrazo.
Y cómo quiere que lo ayude si usted a mí jamás me escuchó, justo a mí me lo pide, si nunca me hizo caso, vea dónde estamos, en este lugar del mundo que parece un sucucho, lejos del barrio, de mi gente querida, mire adónde me han traído sus caprichos, usted me arrastra a todas partes como quien muda un trasto viejo al que no se anima a tirar; Vieja, no me diga eso, se lo pido por lo que más quiera; entonces pídamelo por usted, pero igual lo voy a decir, usted Carlos ha sido un desconsiderado conmigo.
Vieja; se defiende Carlos tratando de esquivar el puntazo diestro que amenaza con derribarlo; Vieja, ya lo sé, usted nunca me mintió, siempre me dio todo lo que necesité, a veces no pude escucharla como merecía, es mi culpa si eso la reconforta; ay dios lo que es un hijo, nueve meses para tenerlo y una vida para padecerlo; guarda con el mandoble Carlos, estoy por gritarle desde atrás del árbol puerta, y me pongo una mano en la cintura buscando el fierro que iguale el encuentro; yo quería ser su madre, no la madre de un cantor famoso, o usted no sabe la angustia que me ha dado toda esa gente inventando historias, lo que me han hecho llorar, dudaron de mi honor, le inventaron un hermano más querido, me hicieron francesa, uruguaya, costurera, desamorada, y lo otro que no digo porque soy decente pero lo estoy pensando y usted también, no se haga el distraído, como si fuera poco me dedica algunas letras en las que aparezco como una pobre infeliz a la que cualquier hijo puede abandonar para regresar unos cuantos años después, y una como una estúpida, como lo que es pienso a veces, una ahí siempre junto al piletón, llorando y esperando para ofrecerle unos matecitos, de dónde sacó el piletón y todo ese cuento que no sé cómo la gente cree, por favor, de dónde sacó esas letras que son un concierto de cornudos, borrachos, jugadores, y fracasados, como si usted hubiese estado rodeado toda su vida por esa gente, como si no hubiese tenido una buena cuna y una buena madre que lo único que quería era su bien, que tuviera un trabajo honesto y me diera unos cuantos nietos casándose con aquella chica que a mí tanto me gustaba, pero no, el señor se metió a cantor de tangos y se creyó que se llevaba el mundo por delante, no Carlos, así no es la vida, así no son las cosas, créame, ahora viene con el caballo cansado y qué quiere, consejos a su edad, por qué no se los pide a ése que siempre anda detrás de sus pasos como una sombra, a ése que siempre escuchó más que a mí, qué digo más si a mí jamás me escuchó, pero bueno, a ver, qué tiene ahora dígale a su madre, si al fin y al cabo para qué está una madre si no es para ayudar a su hijo.
Cuidado Carlos, estoy por gritar desde fuera de la escena, desde mi refugio, desde el parapeto que implica no llamarse, no ser Carlos Gardel, no ser hijo de esta madre guapo que en el aire dibuja con estocadas el contorno del fracaso, del olvido, de la muerte. Cuidado Carlos, en ese cansado gesto de desarme se esconden más peligros de los que podés imaginar, cuidado con el gesto solidario y comprensivo de quien en la pelea te está sopapeando y de pronto te levanta del suelo tendiéndote la derecha, cuidado con la zurda Carlos, cuidado.
Vuelvo a Buenos Aires mamá, Gardel va a volver, quiero que lo sepa, quiero que usted mamá me dé una palabra, una opinión, aunque sea un silencio que sabré descifrar; usted hijo va a hacer lo que quiera como siempre lo ha hecho, ahora deje que yo le pregunte a qué va a volver, mejor dicho cómo, porque usted ya no es el mismo aunque mis ojos de madre lo vean siempre peinadito impecable, con la mirada limpia y esperanzada, acaso no se da cuenta de que no es el mismo, de que no canta ni ríe como entonces, de que ese perfil de tres cuartos que alguien bien le aconsejó ya no le alcanza para simular el porte de ganador, mi Negrito querido, quédese donde está, mamá es vieja pero no zonza, si vuelve va a sufrir de verdad, acepte el retiro por su bien y por el mío, mire que mis pobres huesos no resisten otro zarandeo, ya somos árboles viejos, nos morimos si nos trasplantan, para qué volver con la cantidad de buenos cantores que hay en Buenos Aires, cómo se llama ése que canta Malena.
Tarde tiro la toalla para que no estropeen de más al campeón entre las sogas; Carlos te necesitan en el boliche ahora mismo, disculpe señora pero es urgente. Sé que no lo salvé porque entré tarde, porque Carlos iba de punto, y en esta pieza siempre gana la banca y se sale endeudado además de seco. Otros cantores repite Carlos por el pasillo, otros cantores.
Hasta luego señora; hasta pronto querido; me despide sonriente el malevo invencible que se cubre con el chal.
3
Ay mi adiós, a tu amor
de tabaco y de vino.
Quién, sin piedad, me robó la mitad
al llevarte Nonino.
Tal vez el día que se corte mi piolín,
como vos, diga adiós,
no va más.
Lo que usted hace me gusta sabe; oíme Carlos, tuteáme como cuando era pibe querés; dice la visita acodada en la barra de El Volver; tuteáme, aunque mi viejo me enseñó que del tuteo al puteo hay un pasito nomás, tuteáme, cruzá ese puente que no existe entre nosotros así puedo decir con orgullo que Gardel me tutea peor no me putea, eso para la gilada que no para de ladrarme, para la gilada que cuando se calla es porque está garroneándome; tengo varios discos tuyos pibe, cuando quiero caminar un cachito por Buenos Aires, sentirla aunque me lastime, pongo uno a riesgo de espantar a unos cuantos, te miran como si en medio de un casamiento pusieras la marcha fúnebre, no me preguntes qué tema en particular, para mí toda tu música es parte de uno solo, preguntáme cuál y no sé, la soledad, el tiempo, los recuerdos, el amor, y la muerte naturalmente. En ciertos momentos una parte de ese gran sentimiento me dice una cosa a los gritos sabés, en otros me susurra algo distinto, está viva en cada surco del vinilo, y cambia, cambia sin parar; Carlos, sos Gardel, es lo que siempre esperé escuchar de los que pretenden saber algo de música, después no esperé más, son desesperantes; Carlos sigue; no tiene letra, ése es el secreto, no te cuenta ninguna historia entonces te cuenta todas, a cada uno la que quiere escuchar, no te dice ahora llore ahora ría ahora recuerde su barrio añore el pasado desgárrese por aquel amor camine conmigo bajo la lluvia prenda un faso séquese esa lágrima estremézcase por casi nada; lo sacó de un tirón, sin tomar aire como sabe hacer cuando canta, porque hace tiempo lo está mascullando y frente al de la barbita encontró al interlocutor adecuado, al que lo entiende justo a él que es un cantor que vivió de sus letras, justo a él.
Pongamos en la tapa de mi próximo disco lo que dijiste, con la foto de los dos abrazados, lo firmás claro, y reventamos a unos cuantos en Buenos Aires, qué a unos cuantos, a todos; llama la atención en El Volver porque habla fuerte, se ríe y sigue; si querés volver te acompaño y de paso presento ese disco, vamos a tener que salir rajando apenas pisemos Corrientes, tal vez algún taxista despistado nos rescate, rápido al puerto le pedimos, y nos tomamos la cañonera de medianoche, hasta Asunción no paramos; ríe en varios tonos haciendo el contrapunto al que en la tarima de El Volver canta Mi Noche Triste, proponiendo una fuga a tiempo porque la mesa que ocupa con Carlos ya copó la noche y la gente los rodea.
No mi amigo, ya quisiera yo cantar; muchachos, es un músico importante; explica Carlos a los que intuyen que el tipo la manya pero la pifian con el instrumento; no se ofendan, después les canto una milonguita, prometido; Carlos, no vine hasta Medellín para hacerte quedar mal, además quiero tocar para vos como aquella vez en casa de los viejos, te acordás. Me mira pidiendo pronto el instrumento para esta vez sí salvarse de la nostalgia, un fuelle para subirse con Carlos a esa ridícula cañonera que ahora vendría bien para zarpar los tres con rumbo desconocido; no, acá nomás, en la mesa con los amigos, eso sí un sorbito che que uno no anda a cuerda, a ver, mirá Carlos; no dice escuchá y así debe ser porque el fuelle suena mostrándonos cosas con los sonidos, y suena, y el tipo toca con todo el cuerpo, se mueve, baila, planea, se eleva, con alas fileteadas.
Hay más gente alrededor de la mesa cuando termina, todos en un silencio impuesto por el fuelle, quietos, hasta el que toca como ninguno y hasta el que canta cada día mejor.
Ese dolor no lo toques más en mi presencia, es demasiado al menos por esta noche, de curioso nomás, cómo se llama. Adios Nonino, Carlos, se llama Adiós Nonino
4
Los toscos gritos feroces y agudos no le
recuerdan la lengua de los ásperos sajones, ya
la espada de hierro ha ejecutado la debida
labor de la venganza decapitando un sinnúmero
de aves, tú, que legaste una mitología de hielo y
fuego a tu filial memoria controlas la salud de
cadáveres de gallinas y de patos, en esa tarde
sin mañanas te fue dado saber que eras cobarde,
y a partir de las siguientes recorriste las
ferias, en la noche de Islandia la salobre
borrasca mueve el mar, en la mañana de
Mataderos apestan la bosta y la muerte, está
cercada tu casa. Has bebido hasta las heces el
deshonor inolvidable; todo bien Inspector; tú,
que fijaste la violenta gloria de tu estirpe
pirática y bravía; llévese una docenita de
huevos; sobre tu pálida cabeza cae la espada
como en tu libro cayó tantas veces; no me diga
Inspector, me llamo Snorri Sturluson,
sólo mis enemigos me dicen Borges.
No estaba usted ciego;
No estaba usted muerto;
me extraña muchacho, sería una
triste alegría creerse todo lo
que dicen por ahí.
Cuando se abrió la puerta del departamento estaba erguido frente a nosotros, el mentón levemente hacia arriba, sin expresión alguna o con todas las expresiones juntas, quién sabe; pasen; nos condujo por el pasillo hasta una sala mal iluminada con piso de madera muy lustroso y algunos adornos antiguos, la ventana era una agujero del que salía el único chorro de luz posible, enceguecedor entre tanta penumbra; esperen; y se fue por el pasillo lateral hacia lo que seguramente era la cocina, nos mantuvimos parados necesitados de que nos indicara cómo seguir o acaso empezar esta ceremonia desacostumbrada para nosotros, con temor de haber entrado incorrectamente a un mundo en el que todo era correcto, Carlos miraba una victrola queriendo encontrar algún signo de humanidad en la sala, era una humanidad incompleta, imperfecta, no había discos a la vista, supuse que el aparato estaba de adorno.
Borges entró sin preanunciar su llegada, silencioso estaba detrás nuestro con una bandeja en la mano; traje café porque en esta casa no se toma mate; se sentó sin invitarnos a hacer lo mismo, Carlos se sentó sin esperar invitación, pensé que estaba en desventaja en ese encuentro, sin los guitarristas, sin el letrista, sin las luces, sin maquillaje y fundamentalmente sin público, Borges llevaba las de ganar, estábamos en su casa, en su silencio, rodeados de libros que ahora empezaban a dibujarse, con todas sus enciclopedias a flor de labio, pero sin ningún tango a mano, eso creí. En la pausa también pensé que el tipo que estaba frente a Borges era Gardel, me tranquilicé y prendí un cigarrillo sin pedir permiso como quien canta un envido sin mirar al compañero, tan seguro como el que tiene treinta y tres de mano o un cuatro siendo pie. El humo ocupó el lugar, Borges tiró la cabeza hacia atrás inhalándolo con fuerza, fumando por descarte, después tomó el café de un solo sorbo.
Usted sabe a qué he venido, ayúdeme a ser el hombre que se llama Carlos apellidado Gardel; por qué no se lo pide a sus creadores, no me refiero a sus padres sino a la gente, a ésa que lo aclamó y lo convirtió en un mito, porque usted ya es un mito, cosa por la que tendré que envidiarlo y también compadecerlo; iba a seguir hablando pero algo lo interrumpió, un sonido en el fondo del pasillo, un sonido que se agregó al del reloj de pared que marcaba las diez de la mañana, alguien cerró una puerta, la puerta de la habitación de Borges, alguien caminó hacia la sala; quiso seguir pero ella ya estaba ahí rodeada y rodeando un humo espero de cigarro negro, era una mujer morocha, alta, el pelo muy abundante, crespo hasta los hombros, un pelo de ésos que no necesitan acomodarse ni peinarse porque llevan el desacomodo de una noche girando y bailando en la penumbra del cuarto. Dije que ya estaba ahí pero fueron unos segundos interminables los que antecedieron su aparición, eso era una verdadera aparición, cada tacón golpeando el parquet fue lo que nos puso a los tres en estado de alerta, ante una presencia cierta aunque indefinible, una presencia conocida tan sólo por uno de los tres, por Borges, el mismo que miró a la mujer interrogando el porqué de la ruptura del acuerdo o de algo más fuerte, del pacto, un compromiso cuyo incumplimiento trae consecuencias indeseadas, un compromiso que es mejor respetar, un compromiso que la mujer no desconoce pero vuelve a quebrantar cuando mira a Gardel unos segundos tan densos como los que acompañaron su caminata por el pasillo; querida; balbucea Borges pretendiendo interrumpir el coqueteo justo cuando la mujer mueve lento la cabeza hacia mí, con un gesto que significa más o menos, usted qué hace acá, usted que nos es Borges ni Gardel, usted que es solamente usted, que no es ni será otra cosa que usted sea quien sea; querida; insiste Borges, la mujer esquiva el corte ganadora, con una mano presionando en el hombro de él lanza un; Jorge vuelvo a la noche sabés; se inclina hacia su cara mostrando formas deseables, lo besa en la mejilla cerca de la boca; no me extrañes; se va mirando a Gardel antes de girar rumbo a la puerta y está mal pero todos le miramos la parte que se aleja, como decía un atorrante que paraba en El Volver. Borges se para; no vuelvas tarde Mechi; todo esto que recuerdo dura una eternidad o un poco más.
La puerta se cierra con un sonido seco, grave, sobreviene un momento parecido al sonido de la puerta, Borges, hábil declarante frente al interrogatorio de nuestra incomodidad propuso una salida arrabalera; la percanta es prima de Vicky, ustedes saben; entonó un Peggy, Mery, Betty, Julie, versión pampeana, esto último con la misma naturalidad con que podría haber dicho que ninguna historia es posible o que todos los hombres son el mismo hombre, a mí no me representó nada, pero a Gardel sí porque preguntó como por un familiar; entonces la señorita es prima de Victoria Ocampo; Borges se levanta, se acerca a la ventana y mira hacia la calle; cuánta gente que hay a esta hora, verdad; Carlos me mira y va a decir algo cuando se escucha; el destino es como esa mujer, ingobernable pero necesario, por qué pretende torcerlo, por qué decirle a la gente que usted está vivo, no le va bien como mito, en las fotos se lo ve sonriente con todos esos dientes inmaculados, con esa edad sin tiempo, perfecta, inmutable, con ese nombre que es el arquetipo de Buenos Aires, qué más quisiera el griego que haberlo incorporado en el Cratilo, el mito es más rentable que la verdad, lo que dice el mito es la verdad, nosotros en esta sala somos una mentira, un fraude, una infamia, me comprende, un Borges vidente y sensual, un Gardel vivo y algo viejo si me permite, constituyen un universo cargado de falsedad, nosotros somos El Golem, un monstruoso error, en el más feliz de los casos un sueño, yo debo estar ciego, vivir con mi madre y usted estar muerto para cantar cada día mejor, usted dice en un tango que contra el destino nadie la talla, en qué quedamos. Por otro lado Carlos, imagina por ventura que a mí alguien me creería si saliera a resucitar a Gardel, a mí que me burlé del tango ganando tantos enemigos cuando desprecié el Buenos Aires arrabalero, a mí que ironicé sobre sus letras y personajes ridiculizando sus sagas envidiables, a mí, a Borges, a quien le tocó ser Borges.
Carlos en silencio prende otro cigarrillo, se fija en la victrola con una mirada que le reconozco, ésa que ponía cuando el acompañamiento punteaba una introducción y entrecerraba los ojos buscando el tono, acariciando en silencio las primeras palabras todavía no dichas, las primeras de la primera estrofa, haciendo imperceptibles aprontes, respirando profundo, saliendo a ganador, pero no dice el farolito de la calle en que nací, ahora dice; pero Borges, y sus milongas, y su ensayo sobre el tango en el que según me contaron ni me nombra, usted tiene autoridad para sacarme de ésta, no lo niegue; la puerta anuncia una llegada, otra mujer, una mujer delgada, casi adolescente, minúscula, que avanza por el pasillo sin taconeos, sin dejar huellas sonoras de su andar: Borges no mira a la recién llegada, lleva la cabeza a 45 grados como Carlos cuando en la baranda del barco entona Mi Buenos Aires Querido, deshace rápido el cruce de piernas y las dispone juntas sin rigidez, manos sobre las rodillas, y articula con otra voz que le podría haber salido de esas piernas; María ha llegado; mira entonces hacia donde nosotros estamos, pero no a nosotros; les presento a María, una colaboradora, María, unos viejos amigos; Borges es hora de caminar; claro vamos, señores retomamos mañana a la misma hora, por favor los espero; María toma a Borges del brazo, le alcanza un bastón y nos conduce a todos hacia la salida, a nosotros como a unos intrusos y a él como a un ciego que se despide extendiendo un libro en el aire, un libro que busca a Gardel mientras susurra; Carlos, no se olvide, yo soy Borges.
5
En ningún escenario se me acusó de soberbia, pudiendo al ser quien soy gozar de ese permiso y de esa trampa. La ciudad que es mi casa tiene para mí sus puertas y sus ventanas abiertas día y noche, entro y salgo a mi antojo, con soltura, del complejo laberinto de calles, coartadas, pasajes, y diagonales porque soy su artífice, su constructor, bienvenidos los que entran a cantar por sus rincones, con ellos quiero quebrar el silencio y la soledad, para embellecerla. Los que me detractan aseguran que no es una la voz de Buenos Aires, yo los acompaño en sus intenciones, sería una fiesta que mi voz no fuese la única voz, escaparía así del homenaje y de la prisión. Mi Madre que fue una Reina y una Santa, vaticinó que mi canto sería mi dolor y mi quebranto, que siempre estaría condenado a cantar solo, aunque mi modestia no lo pretendiese.
El hecho es que soy único, en el cielo está el Dios Tango y acá abajo yo, el Minotango de Buenos Aires, el que la recorre buscando un compañero de noches y de canto. Cierto es que mientras tanto me divierto recorriendo el laberinto, disfrazándome de gaucho y presidiendo el mostrador de algún bar, viajando de colado en algún bondi con mi cara tallada en el espejo; a ver si se corren para el fondo, se los pido por el Zorzal; mascarón pintado en un carro que atesora botellas y papeles por los barrios; botelleroooo; de cuerpo entero con frac, esfinge que invita a los transeúntes a la pizza y al moscato. Pero estoy solo, único inmortal; dónde están los demás mamá, dónde; no dejo de pensar en qué patio de qué bario de este laberinto está el otro, para espantar la fama que es el olvido, la gloria que es el aburrimiento.
La ciudad es del tamaño del mundo, es el mundo vasto y variado, una noche envuelto en una milonga simple entendí que son infinitos los cantores y los tangos, desde ese día la recorro buscando al otro. Quizá yo haya creado a Buenos Aires, al tango, a la milonga, a este río y a su puerto, lo olvidé, ya no quiero ser el Minotango,
Este año, en un rincón del laberinto nueve cantores de tango fueron paridos para recorrerlo con su maestría, nueve elegidos de entre miles, nueve pura sangre que pueden ser el otro, nueve miradas avasallantes, nueve peinados impecables, nueve pilchas lustrosas, nueve portes apolíneos, nueve esperanzas para este viejo Minotango. Oigo sus voces desde el fondo de las pobladas galerías de los patios viejos, desde los bodegones de las orillas, desde algún tabladito del centro, desde el cuarto de hotel donde uno de ellos tararea en el oído a una pebeta linda como una flor, desde alguna cortada en la que aquél que tal vez sea el otro camina solo, fumando, y entre pitada y pitada fume compadre, fume y charlemos, quiero fumar, charlar, cantar, allá voy en su búsqueda.
Uno busca lleno de esperanzas; canta el tipo al volante de esta belleza blanca que se come el empedrado húmedo en la madrugada; el camino que los sueños prometieron a sus ansias; me siento atrás y disfruto, en silencio pido más, más. Los focos de la calle pasan cada vez más rápido, el tipo pintón, canchero, canta mejor que los dioses que saben; que la lucha es cruel y es mucha; pienso que ahora seremos dos y reiremos buenamente después de unas estrofas y unas copas, lleno de felicidad le hago el dúo, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina, lo miro lleno de gozo, el tipo me mira por el espejo, me ve sonriente, feliz, alcanza a decir Maestro, Maestro, en segundos interminables, suficientes para que se olvide del volante y abrace la belleza blanca al poste de alumbrado de esta avenida que es la última que él recorre.
El bondi avanza por una calle angosta, lustroso a fuerza de lluvia y de franela en los cromados. Escucho una voz en ese interior mal iluminado por ocres, amarillos, y el rojo que ilumina a la virgen en cada esquina, en cada bocacalle, en cada cuneta en que el Flaco de bigotes finitos pisa el freno, el volante nacarado sostenido por la mano izquierda, la derecha descansando sobre la boletera; paredón y después; me llama la voz de fraseo raro, impertinente, sin otra pretensión que mejorar el silencio canta acompañado por el ronroneo del Mercedes de trompa aguzada. Canta solo el Flaco, y juega con la cabeza esquivando esa síncopa que advierte y ralenta, llega perfectamente tarde a cada compás para después, como si acelerara el bondi por una calle que no es la del recorrido, abreviando unas cuadras, unas negras, unas corcheas, arribar justo a tiempo a la cita, al encuentro; ya nunca me verás como me vieras…esperándote. Corro por el laberinto hasta la parada, con un gesto condenable en la ciudad me adelanto al único pasajero que espera el 39, la lluvia en la quiniela, ahí llega a la bocacalle, seguro, sobrio, disfrutando el viaje hacia el; sur paredón y después; qué tango perfecto; una luz de almacén; el Flaco mira los dos bultos en la parada, lentamente enciende la luz roja, alumbra la virgen que encerrada en la esfera de acrílico corona la palanca de cambios sobre la que el Flaco; ya nunca me verás como me vieras; posa los dedos, roza la cara de; tus veinte años temblando de cariño; pone punto muerto y enciende del todo la virgen. Abre la puerta, nos mira; bajo el beso que entonces te robé; le sonrío, le sonrío como a un hermano, como a un gomía; nostalgia de los años que han pasado; no llega a los años, cuando termina de acariciar nostalgia la cara se le transforma, apaga la virgen, cierra la puerta y pone primera haciendo arar al Mercedes que se desvanece en el cierre de la noche. Hermano, enséñeme eses tango, cantémoslo juntos, estoy implorando cuando algo poderoso me interrumpe; la puta madre que te parió Polaco, qué carajo te picó; grita el que ahora corre lo inalcanzable para mí, porque para él, sólo para él, el Polaco enciende la virgen, abre la puerta media cuadra más adelante y lo acoge en su reino, en el que por unas cuantas cuadras cantará el silencio.
Éste huye y otros caen sin que yo alcance a calentar la garganta, sin compartir una ginebra, un recuerdo, dejándome en la boca este gusto insoportable a vacío, casi a soledad, casi porque queda el último que ojalá me invite a un bodegón donde compartir un vino, una comida caliente, una mesa desde donde mirar la avenida fría a través de los vidrios empañados, acodados en manteles de papel ordinario, acercándonos para conversar venciendo el ruido de la cocina y las voces de los muchachos que comentan el último clásico: Cómo será mi redentor.
En
La puerta tosca con vidrios repartidos en colores aleatorios conseguidos de favor se abre, las baldosas presienten la punta lustrosa de los zapatos ceremoniales, los de milonga que acarician sin discriminarlas, primero a la negrita, después a la colorada, ahora promiscuamente a las dos, haciendo peligrar su cuadratura con la caricia sutil del pie que los calza, punta y taco, punta y taco hacia la sillita trono de paja que preside el patio, almohadoncito verde, palito atravesado entre las patas recibe el peso de la pierna siniestra, la del bobo que se flexiona como un felino y sabia se encarama para que la curva de la rubia, de la guitarra, cachorree cerca de la entrepierna y el cantor la abrace. Luna de albayalde con su luz de tiza se aparea con la luz de la viola, se tensa una bordona, una amenaza, una amante despechada en la última cita entrega lo mejor, su alma al pardo que la gobierna y protege; se tensan las primas y se relajan con sus maullidos, con sus metales forjados por la púa llamando al violín amado que comparte su timbre, su zaguán, y sus delirios. Las uñas lustrosas de las manos del Mitotango ni siquiera pulsan las cuerdas, apenas las apuntan, las señalan, las destinan al arpegio, a los acordes, al punteo convocante del conventillo al patio, al ruedo, al misterio renovado.
Es el noveno llamado, imploro a mi padre que la nueva señal sea la del esperado, corro hacia el sur, la melodía crece en mis oídos; corre Minotango, corre; hijo, ya encontró su destino, su voz, corra.
Llego a los corrales, la gente se agolpa en la puerta del conventillo, el llamado es poderoso, una multitud está a mis espaldas, me ha seguido desde el Dock, el Abasto, Almagro, Flores, Barracas, los cien barrios del laberinto asisten a la ceremonia, con la espada guitarra en mano el Mitotango pisa la vereda, es morocho, entrador, sonríe y la noche se ruboriza, es como yo, es Gardel, bajo un farol le estrecho la mano sintiendo que somos uno, pero no; qué tango cantamos Maestro; pienso, pienso. La gente en círculos a nuestro alrededor consagra el rito; si está de acuerdo cantemos Cuesta Abajo; perfecto pero antes calentemos; propongo un brindis; claro hermano meta; por la vuelta; por la vuelta; chocan las ginebras, fondo blanco en Mataderos; fondo blanco.
Brillan las vías en el empedrado, un temor me asalta, las paralelas se tocan, ambos nos tocamos, estamos en el punto impropio del laberinto; si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser; mágico canta el Mitotango.
Enmudezco, no puedo cantar, la voz tanto tiempo esperanzada no viene al convite. Canta el Mudo; si crucé por los caminos como un paria que el destino se empeñó en deshacer; se agiganta el Morocho, el Zorzal, el Inmortal, El Maestro, el de los cien nombres contenidos en un nombre, Gardel.
Excluido del círculo mítico contemplo la escena desde la esquina, desde la azotea, desde el cielo, desde el infierno, desde algún lugar sin retorno porque soy el paria que el destino se empeñó en deshacer.
6
Era un mosaico diquero, que yugaba de quemera,
hija de una curandera, mechera de profesión,
pero vivía engrupida de un cafiolo vidalita y le
pasaba la guita que le shacaba al matón;
reconoce este veneno, cómo no si Usted lo
repartió en la ciudad; Borges dice la estrofa de
El Ciruja con la misma solemnidad con que diría
¿Dónde estarán? pregunta la elegía,
De quienes ya no son, como si hubiera
Una región en que el Ayer pudiera
Ser el Hoy, el Aún y el Todavía.
Aquí tiene el libro que me alcanzó ayer, me pasó algo extraño, leí varias veces las páginas señaladas tratando de comprender el significado de la cosa, intentando descubrir el mensaje que por delicadeza o falta de tiempo hubiese callado en el encuentro, algo que prefirió decir a su manera, como si yo le cantase para contar algo importante, revelar un secreto, un amorío, una pena. A su pesar, creo que usted me escuchó cantar más veces de las que yo lo leí. Le decía, lo extraño fue que después de leer pude ir arrimándome de a poco al punto, como en el juego de las bochas, uno afina la puntería, calcula, mide tiro a tiro hasta acercarse al bochín, con una diferencia, en este caso se movía a medida que me aproximaba, se escapaba pidiéndome un nuevo tiro, un nuevo esfuerzo, y yo soltando la bocha en el último segundo, con los ojos cerrados vi con claridad, me vi buscando a Gardel por la ciudad hasta encontrarlo fatalmente, para mí claro, para este Gardel solo y muerto de frío; permítame preguntarle qué leyó; o mejor dicho, qué le sugerí que leyese;
Los ciegos se mueven en la oscuridad mejor que los videntes, Borges se mueve seguro en los oscuros juegos del lenguaje, juegos que divertido él mismo provoca; cómo es eso de que el tango no es posible, el tango existe Borges, qué dice, como las nubes en el cielo, como la lluvia; las nubes se evaporan Gardel, mientras están lo terrible es que la gente se la pasa mirándolas y peor aún, les otorga formas, y a esas formas autoridad para dar sentido a sus vidas, nubes poco honrosas deshonran la vida de la gente, nubes perversas, por no mencionar a la lluvia incómoda, proclive a generar letras de tango, nubes y lluvia diseñan un universo gris, decadente. No pude impedirlo, Lugones consagró a Martín Fierro representante del ser nacional, celos de mi parte pensará usted, hubiese sido preferible que apadrinara a Segundo Sombra, gaucho más presentable que aquél desertor y homicida. Hasta Hernández, con dudoso oportunismo domestica a Fierro en su vuelta, cuántos monstruos engendran la literatura y la política cuando se aparean. Ahora, si me pregunta cómo se relaciona esto con el tango, escuche, el tango que bailaban los guapos entre sí en las veredas era una danza que evocaba el coraje, el honor, así, despojado de letra era una coreografía de la hombría. Ese otro tango que usted encarna, contiene letras horrendas salidas de la pluma de algunos gringuitos, poco favor le hace a los argentinos, repasemos los títulos que lo fundaron, Mi Noche Triste, Por una Cabeza, Cuesta Abajo, Tomo y Obligo, modelaron la vida y los pensamientos de la ciudad. La gente Gardel, hace su vida a imagen y semejanza de esos dudosos poemas, y usted quiere que lo ayude a volver, uno no canta Por una Cabeza después de ir al hipódromo, al contrario, va al hipódromo por primera vez después de escucharlo, el tango es una desgraciada profecía autocumplida por los argentinos, usted fue una marioneta, lo usaron para envilecer no para entretener o divertir, me reprochó ayer su ausencia en
El amor, la vejez, la farsa de la ceguera, la morocha que salió de su cuarto, su madre, el tirano, la adolescente que lo pasea, el tango, nada en el universo hiere a Borges, nada lo roza, nada, casi nada, el elogio sí, ése lo destrona de su personaje, de su charada perfecta, expone su humanidad, clava en su carne alguna de esas espadas que forjó en noches de biblioteca, aquellos cuchillos orilleros que afiló en su mente, lo pierde en el laberinto de vanidad sin más armas que su nombre. Gardel lo traspasa a capella; Manuel Flores va a morir eso es moneda corriente, morir es una costumbre que sabe tener la gente; se interrumpe porque Borges se desangra; siga Carlos, siga hasta el final; se desangra de asombro, de admiración, hasta de envidia; esa milonga y todas las otras que escribí son la misma milonga, pretendieron dar batalla a los tangos, son un mal menor que elegí para demoler su ciudad chabacana, llorona, ruin, ventajera, y fundar la mía con el coraje, la honra, el honor. Fracasé, nadie me acompañó en la cruzada, ustedes eran legión, busqué reclutar guerreros en Florida, estaban demasiado ensimismados, no advirtieron el peligro, caí. Queden esas milongas como testimonio de la defensa que hizo Borges, el guerrero, de su ciudad amada. No obstante hágame un favor, póngale melodías a las otras, algo se puede hacer, creo, si tiene que corregir alguna palabra es libre de hacerlo. Aferrado a su brazo, permítame imaginarnos, podríamos salir a la calle para anunciar no su regreso ni mi partida, sino algo más importante, la refundación de la canción porteña, la muerte del tango, el nacimiento de la mitonga. Vea Carlos, los artilugios del azar, no menos indescifrables que las formas de unas nubes han reunido a dos dioses aburridos para cambiar el destino de la ciudad cambiando su música y su poesía, a la manera que usted insinuó, cómo es eso de nuestra dupla autoral; Borges mira el reloj que anuncia la llegada de la adolescente y sus últimos segundos con Gardel; de un dios aburrido a otro, gracias Carlos por haberme visitado, prometo no escribir un cuento sobre nosotros si usted promete no componer un tango que nos inmortalice; el que no es ciego y el que quiere ser sólo un cantor se despiden; Dónde están los que salieron a libertar las naciones, o afrontaron en el Sur las lanzas de los malones; canturrea Borges deshaciendo el laberinto, desenterrando los aceros de su carne, impostando la sonrisa del otro y sentenciando; haga lo que quiera Gardel, al fin, afortunadamente, nuestros actos no importan, ya somos literatura.
7
Espera en la esquina con un estuche en la mano, ahora sigue a la rubia que salió del edificio y lo aventaja unos cuantos metros de vereda, a ésa que recoge con sonrisas los piropos que bajan de algún taxi, a ésa que comienza a escuchar el sonido creciente de los pasos a su espalda, los pasos del que carga con el viejo estuche, del que cantó tantas veces acompañado por la guitarra que Barbieri le prestó para aquella despedida; te dejo mi viola si después me contás en detalle el fato, te lo tenías bien encanutado eh, cuidámela; hecho; dijo el que ahora alcanza a la rubia; Carmen, Carmen.
Usted; y la rubia es más hermosa en el asombro, en la incredulidad; esto le pertenece, era la guitarra de Guillermo, la cuidé como él me lo pidió, como no pude hacerlo con él; Gardel, usted, entonces era cierto.
En un bar Carlos alivia para siempre todo el peso de esa viola y algo de aquella nube en aquella tarde.
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Malena canta el tango como ninguna y en cada verso pone su corazón, el corazón, el hígado, y los pulmones me va a sacar el tano si llega a ver el bondi; a yuyo de suburbio su voz perfuma Malena tiene pena de bandoneón, agente lo dejo en marcha, es un ratito nomás, ya salgo; tal vez allá en la infancia su voz de alondra tomó ese tono oscuro de callejón, creí que no iba a venir Polaco, se le hizo tarde; o acaso aquel romance que sólo nombra cuando se pone triste con el alcohol; me parece que dejé la boletera abierta; Malena canta el tango con voz de sombra Malena tiene pena de bandoneón; pena de hambre si el trompa me raja y el Gordo no me contrata; tu canción tiene el frío del último encuentro, el frío que voy a pasar; tu canción se hace amarga en la sal del recuerdo; ni pa sal voy a tener; yo no sé si tu voz es la flor de una pena; ay Malena largá con la pena; encima la gente me da más bola en el bondi que acá; sólo sé que al rumor de tus tangos Malena; y si me pide otro qué le digo al cana; te siento más buena, más buena que yo; eso seguro vos ya sos famosa; tus ojos son oscuros como el olvido; no, la dejé cerrada, qué alivio; tus labios apretados como el rencor; oiga Troilo y si me prueba arriba del bondi; tus manos dos palomas que sienten frío, tus venas tienen sangre de bandoneón; de ésta no me salva ni la foto de Carlitos autografiada; tus tangos son criaturas abandonadas que cruzan sobre el barro del callejón; ma sí que sea lo que dios quiera; cuando todas las puertas están cerradas y ladran los fantasmas de la canción; el Gordo con los ojos cerrados me da más miedo que el tano; Malena canta el tango con voz quebrada, Malena tiene pena de bandoneón; qué hora es, me atrasé mucho; no, entró siempre a tiempo Polaco, no se haga drama
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Si te morís no pretendas seguir viviendo, qué te parece; anotá Aníbal, Honrarás a tu imagen como a vos mismo, y Nunca tomes aviones que vayas a perder, sobre todo cuando se caen, sin alusiones personales eh; claro, sin alusiones personales pero bien que la gozás Gordo. No te duermas tocando el fuelle porque sacarás las mejores notas sin recordarlas después; a ése lo adopto de una, mirá que estás ingenioso Negro, andá agarrando, No te disfraces de gaucho porque te van a tomar para el churrete; ya sabía que venías afilado, no importa acá van dos, Vale más una morocha de barrio que cuatro rubias de New York y, No te hagas el profundo cuando te hayas venido abajo, hacé de cuenta que tropezaste. El séptimo es mío, registrá, No pretendas fundar Buenos Aires porque Garay te va a tirar de las patas; bien Gordo, ése sí que es ingenioso, dale otro; bueno, nueve si no llevo mal la cuenta, Leé todos los días tu biografía para conocerte un poco más; me cuesta empardarte pero no me queda más remedio, tomá el del final, Buscá a un hombre bueno para que sea tu amigo, no importa si es gordo y chupa como una esponja. han nacido los diez mandamientos para un tanguero de ley, hacemos la rima, afinamos, y a grabar, te imaginás, letra y música de Gardel y Troilo; de Troilo y Gardel, Gordo; ahora sí una nueva, dos que se pelean por el cartel pero al revés, estamos para ir a lo de Galán y ganarnos un canarito.
Sirvo más whisky en esos vasos tan generosos que apenas caben en la mano, hace tiempo que no veo a Carlos reír con tanta ganas, mientras le lleno el vaso Pichuco guiña un ojo como diciendo no te preocupes Pibe, dejá que a éste la tristeza se la madrugo yo; poquitito, poquitito, poquitito más che no seas amarrete; cumple la promesa de llenarle a Carlos la cara de risas, de ésas que alargan la vida; sabés que el otro día lo encontré a Tito acá en Corrientes, nunca tuve la oportunidad de preguntártelo a vos, por eso lo descoloqué, oiga Tito, me quiere decir quién fue el ganso que le dijo a Carlos que mientras cantaba Mi Buenos Aires Querido los dos tenían que poner esas caras de nada, con la mirada a 45 grados, che déjese de joder, parecen San Martín y Belgrano en el bronce; El Gordo de pronto lo mira a Carlos, lo mira serio; ey Morocho, cómo sé que usted no es un impostor que se hace pasar por Gardel sólo para tomar unas copas gratarola; fácil, agarre esa cosa arrugada con más botones que una comisaría y sígame, si puede, claro.
Le alcanzo el fuelle a Troilo, apenas mueve los dedos, tan apenas que parecen quietos, el fuelle sabe solito lo que tiene que hacer, así de fácil la hace Pichuco, Carlos toma aire y larga a media voz; acaricia mi ensueño el suave murmullo de tu suspirar; con los ojos cerrados el bandoneón toca y manda; siga, siga que todavía no le creo, siga hasta el final si quiere convencerme; otra vez revolea un guiño; cómo ríe la vida si tus ojos negros me quieren mirar; siga si quiere ser Gardel.
Cuando Carlos abandona la última palabra, cuando Troilo suelta el último botón, desde la otra pieza se oye una voz ronca de mujer; después de ésta Aníbal colgá el bandoneón, usted Carlos no se me vaya a morir otra vez; los tres nos quedamos un rato en silencio, un sorbo breve y Aníbal sentencia; Carlos acordáte de esto, vos nunca te fuiste, Gardel siempre está volviendo.
Suena el timbre que saca a la mujer del cuarto y pone a un flaco en el centro de la sala; Polaco quería que conocieras a este señor, canta lindo también, querés escucharlo; Troilo festeja la diablura; Gardel da un par de pasos hasta el Flaco; usted no hace mucho me dejó de seña en una parada, y encima llovía; reprocha mientras lo aprieta con un abrazo; Maestro desde cuándo viaja en bondi, diga.
Vos te imaginás Pibe a Carlos subiendo al bondi del Polaco, dejando subir a una gorda; gracias Gardel muy amable; pidiendo uno de veinte, todo bien Flaco; y, la vamos llevando, nooo déjese de embromar guarde las chirolas, gentileza de la casa, si sube el chancho le cantamos unas estrofas y sanseacabó, qué tanto, venga, acomódese acá en el pozo y charlamos, de paso me dedica la foto del espejo., Al Polaco con cariño de su amigo El Zorzal; dónde se baja maestro; a ver, en ésta no, en la otra, ahí, justo donde me dejó de seña la otra vez; nos reímos de la ocurrencia del Gordo; Carlos qué broma es ésa del bondi que no la cacé del todo; un sueño que tuve hace unos días después de leer un cuento, aunque estaba despierto, fue tan real, prefiero dejarlo para otro momento pero te aseguro que hizo bien Goye en plantarme en esa esquina; por suerte al bondi lo largué hace rato con la ayuda del Gordo, me citó una noche para una prueba en un boliche de la calle Libertad, el trompa no me aflojó con el franco, eran las dos de la mañana, crucé Avenida de Mayo, sin pensarlo miré por el espejo a los cinco pasajeros, dos tipos, una pareja mayor, y una piba joven, frené en Sarmiento y pregunté, tienen cinco minutos para escuchar un tango, vamos a un boliche acá a la vuelta y después seguimos, el que canta soy yo, pensé acá me putean, pero no, el tango es Malena; bueno, por nosotros está bien; arrancá Flaco; dijeron los tipos; yo soy menor ; previno la piba que daba la hora antes de tiempo; vos venís con nosotros; solucionó la señora; gracias dios por mandarme a estos locos, y puse el bondi en la puerta del boliche, se imaginan. Así, con la camisa celeste y la corbatita de chofer canté, te acordás Troilo, cuando terminé el Gordo ordenó; lleve a esta gente, sáquese el disfraz para siempre, ensayamos mañana a las 9; el tipo grande se quedó con ganas; no va a cantar otro; por hoy no, vamos que llevo diez minutos de atraso, el portero del boliche me gastó; che Flaco, pagaste mucho por la limusina. Cuando cruzamos Córdoba estaban los cinco en los asientos de adelante cantando Cafetín de Buenos Aires. Lo conté un par de veces en rueda de amigos, miran con una cara como diciendo, desayunaste con grapa Polaco, pero el Gordo sabe que es posta.
Cómo no creerle, lo cuenta entrecortado haciendo gestos entre el humo, las manos marionetas precisas dirigidas por la mirada del dueño del bandoneón, del que hace bailar a los muchachos a pesar de la garúa que te arruina la pilcha, justo esa noche de los 8 Grandes Bailes 8 en que uno juntó los mangos pasaporte a la mano y a la cintura de la que se deja llevar, de la que se deja traer del zaguán donde aún resuena; querido cuidámela, no me la traigas tarde; señora quédese tranquila, canta Goyeneche y nos pegamos la vuelta. Empapados en la noche de carnaval que abraza los cuerpos en el mismo zaguán de la partida; ya llegaron, qué noche; ahora te despide en la vereda; si le gustan los tallarines le esperamos a almorzar; te acordás Negra, en aquel baile nos pusimos de novio, Troilo y Goyeneche, inolvidables.
El Volver está lejos, en Medellín, la casa invita acá en Buenos Aires, salgamos, tengo ganas de andar la ciudad y la noche entre amigos; desde el dormitorio llega la mujer de la voz ronca envolviendo al Gordo con un abrigo; no me lo traiga tarde Polaco, ah, y vivo, Gardel, Troilo no se lo va a decir porque es demasiado bueno, yo no tengo ese defecto, no vuelva, deje las cosas como están, Buenos Aires es una ciudad inventada por unos porteños que ya se fueron, usted entre otros, este Flaco atorrante lo dice en un tango que canta lindo; si a vos te duele como a mí la lluvia en el jardín y en una rosa, si te dan ganas de llorar a fuerza de temblar por cualquier cosa, decí qué hacemos vos y yo, qué cosa vos y yo sobre este mundo, sembrando amor en un desierto tan estéril y tan muerto que no tiene ya la flor; entiéndame, si usted vuelve van a destruir a Gardel, al tango, y a la ciudad que algunos amamos. Usted es, aunque no lo desee, usted es, digo, el Guardián de Buenos Aires, el que la sobrevuela con esas alitas que le dibujaron en la pared del bar de acá a la vuelta, el que sostiene la magia, la poesía, la ilusión, algún día mi Aníbal va a sobrevolar Buenos Aires con usted, no se impaciente, va a estar bien acompañado. Carlos, cuide a Gardel, cuídenos.
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Buenos Aires, evocación,
cambió el suburbio valentón
tus compadritos sólo son
fantasmas de humo de almacén.
En el zaguán de la casona nos recibe un traje oscuro caro lleno de músculos; los señores son del palo; interroga con palabras y con la mano pesada sobre mi hombro; no periodistas, no curiosos; dice mezclando porteño con portugués. Gigante el negro engominado a lo Gardel, el Polaco le da una cachetadita, de ésas amistosas hasta ahí, ésas que uno quiere responder con una trompada porque están muy al borde; tranquilo negro; dice suelto el Polaco al que de un manotazo podría darle vuelta el bondi con aquellos pasajeros trasnochados incluidos; no ves que es la barra de Gardel, abrí cancha, y se manda.
Carlos, fijáte qué bien bailan, son increíbles, está para traer la orquesta, ustedes cantan y usted Pibe presenta, qué me contursi; bromea el Gordo mientras el Polaco mueve el pie siguiendo el ritmo de Taquito Militar.
De espaldas a la barra los cuatro miramos la pista como si nunca hubiésemos visto una milonga, un rubio sirve copas; cortesía de la casa; dice el que se presenta como dueño, otro manojo de músculos en otro traje caro; un honor tenerlos de visita; y la voz nos conduce a una mesa con champán; caballeros; el caballeros es acompañado con un ademán perfecto que nos hace sentar, al Gordo, al Polaco, a mí, y a Carlos que retrasado rechaza una invitación a bailar; gracias querido por ahora no bailo; mientras en la pantalla gigante danza Valentino, mejor dicho camina al ritmo de
En el centro de la pista una pareja baila El Firulete, una pareja que en cada giro, en cada quebrada, en cada sentada, deja algo de ropa sobre el piso; pero escuchá, fijáte bien prestále mucha atención; la ropa sobrevuela nuestras cabezas; ahora batí si este compás no es un clavel reventón; un pantalón cae cerca del Polaco, yo me saco una camisa de seda de la cara; es el viejo firulete de algún viejo metejón; los dos cuerpos bronceados quedan entreverados, casi desnudos en el último compás, sólo los sombreros siguen en su lugar hasta que son arrojados a los habitués que aplauden y gritan, divino, otra, otra; otra vuelta dice Troilo con los ojos más grandes que el dos de oro.
A la salida los músculos enfundados en el traje caro oscuro se dirigen a Carlos; sou portugués como su amigo Lepera; si negro, con una diferencia, vos sos más grandote; y juntamos la risa con la que se quedó en la mesa.
Gracias Polaco, linda despedida de Buenos Aires; te gustó Carlos; no te imaginás cuánto pero la próxima lleváme a una donde haya minas, querés; y los cuatro nos perdemos por las veredas mal iluminadas de Guardia Vieja, mañana con Carlos empezaremos a perdernos en la oscuridad de Madrid. Eso será otra milonga.
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Hay que besarse más, hay que besarse más, sí señora, sí señor hay que besarse, ahora a los aplausos, a ver para el primer participante, Juan Domingo que se vino desde Lobos para cantarnos en inglés A Mi Manera, fuerte, con ganas los aplausos, bien muy bien, ahora para la participante número 2, la señorita que llegó desde
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Ya sé que la gente sabe que no he muerto, prefiere hacerse la otaria y adorar a un difunto, amar a un muerto es más cómodo, el muerto nunca envejece, ni engorda, ni pierde el pelo, ni se denigra descomponiendo el recuerdo de los mejores tiempos con apariciones desafortunadas, la gente es turra pero inteligente para esas cosas, necesita retener para siempre en su memoria al fantasma que es más real de lo que lo fue el finadito en vida, más real y más perfecto. Cuántas veces me pregunté por qué no aceptan el desgarro del alma, la decrepitud del cuerpo, el cansancio de la mirada, la que dice que uno ya no quiere más, que uno se aburrió, que nada lo convence ni contenta, en fin, para hacérsela corta, que uno ya está de vuelta. Por qué no me dan pista, por qué me retienen en esa gatera que jamás se abre, en esa jaula de fotos, discos, revistas, medallita, monumentos, decorados, en los que agonizo cada noche con la cortante certeza de que jamás moriré. Por qué cuando los miro a los ojos en alguna esquina, cuando en el andén repleto del subte entoné un tango, cuando fui al Abasto, a mis calles, por qué, le pregunto, me traspasaron con la mirada como si fuesen ciegos o yo invisible, sordos o yo mudo, por qué si me conocen no me reconocen, qué juego doloroso me proponen. Usted sabe General, en los primeros tiempos en Colombia me ocultaba de las maneras más sofisticadas, maneras que después comprendí infantiles y disparatadas, adoraba verme en pantalla, ir al cine era un verdadero desafío frente al espejo, me peinaba con un jopo, me pegaba bigotes abundantes, me ponía lentes oscuros, y allá en el fondo de las salas me mordí varias veces los labios para no cantar, de a poco fui tomando confianza por el éxito de mis simulaciones, empecé a frecuentar clubes nocturnos, sentado en las mesas peor iluminadas pedía siempre lo mismo, una seña bastaba al mozo para traer la bebida, para traer la cuenta, para saludarme con la cabeza sin esperar ni dar palabras. Un día fui al hipódromo, despunté el vicio después de mucho tiempo, acerté un batacazo y pegué un grito descuidado revoleando el sombrero; Leguizamo viejo y peludo nomás; esa noche en un cabaret berreta cebado por tanto anonimato y tanta libertad, a cara descubierta pagué varias vueltas y adorné escotes con billetes, olvidé mi disfraz, mi escondite, mi muerte. Los 23 de junio llevaba flores a cuanto homenaje le rendían a Gardel en Medellín, gozaba la vida después de muerto. Una de esas tardes se me acercó un señor, me miró como quien mira al vecino y me dijo; en nombre de los amantes del tango de esta ciudad quiero agradecerle que siempre haya honrado con su presencia estas reuniones en las que recordamos su muerte, perdón; se interrumpió incómodo por la palabra; su paso a la inmortalidad; lo miré indignado, peor aún, dolorido como quien descubre tarde como corresponde al caso, que la novia lo ha estado engañando con el gil de la otra cuadra desde siempre, es decir desde antes aún de conocernos. Una mueca fue mi respuesta al agradecimiento gardelicida, una mueca jamás ensayada, una perfecta, honesta, improvisada mueca de espanto; se siente mal; no mi amigo me ajustan los timbos nomás; y me fui.
Perón llena el silencio con un giro inesperado; Gardel, nunca pensó en ser escritor, me impresionaron hondamente sus vivencias, me pregunto si será ése mi destino también, pero créame, lo que más me conmovió, y tal vez no sea una virtud, fue la forma de narrarlas cautivando al auditorio, yo en este caso, y mire que como se imaginará he escuchado cientos, qué digo, miles de alegatos, argumentaciones, reflexiones, súplicas, y arrepentimientos, de personas no menos ilustres o supuestamente tan ilustres como usted, reconfortó mis oídos con su dolor, qué paradoja, ahora me siento en falta, llenó mis oídos con una música maravillosa que no salió como tantas otras veces de las guitarras ni de su canto magistral, usted se confesó en esos tango únicos, pero esas confesiones tienen la distancia impuesta por el contrato de la ficción, déjeme explicarle, me emociona cuando entona; arrastré por el mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser , o, volver con la frente marchita las nieves del tiempo platearon mi sien; y ni qué hablar cuando le dice a los muchachos que se va resignando ante el destino, pero siempre supuse que eran representaciones teatrales, meditadas, compuestas, y ensayadas para la gente que lo ovacionaba, ahora lo expresa con otro lenguaje, con una voz diferente aunque me dice lo mismo, ahora es creíble, me persuade, le creo Gardel, como no le he creído a nadie en tanto tiempo que ya ni recuerdo.
Nos quedamos en silencio, Gardel, Perón, y yo, anónimo hombre que presencia, goza, y padece el encuentro. Como dos delanteros virtuosos que se conocen de memoria desde los tiempos del potrero, Juan y Carlos , me permito divagar en el entretiempo de las palabras, Carlos y Juan, enfrentan a un adversario poderoso, el Tiempo Amarrete Fútbol Club, de un golpe depende el campeonato, en el último tramo del último minuto del partido final ambos deciden parar la pelota de tiento doloroso, mirarse a los ojos y diseñar con un guiño esa doble pared con caño increíble al pesado seis que dejará a uno frente al arquero, con los instantes suficientes para mirar a la tribuna que delira de antemano, y trasponer la línea de gol con pelota y todo. Político Carlos, no pensó ser político. Si en mi divague el que cruzaba la meta con pelota y todo no estaba definido aunque mi corazón lo ponía a Carlos en la foto, Perón con su intervención hace el tanto de la victoria, y encima con replay. No lo pensó.
General, acota Carlos; permítame decirle sin vueltas a qué vine, aunque ella ya lo sepa dígale a la gente, comuníquele, disponga, informe que Gardel está vivo, realmente vivo, hágame esa gauchada; desde que comenzó la reunión Perón ha estado prácticamente inmóvil, sólo cambió el cruce de piernas, moduló la sonrisa, y gesticuló el asombro con precisión, desde esa inmovilidad y tal vez gracias a ella movió sus piezas mentales a una velocidad única; la gauchada nos la hacemos mutuamente, yo digo que usted está vivo y lo integro a la fórmula del regreso, Perón Gardel, qué me dice; el retruque del General me hace pensar que repetir el cuarto año del bachillerato de Flores me dejó el recuerdo de lo que es una tautología, si
Le permitiría Perón a Carlos cantarse un tango desde el balcón de
Usted cree que me lo propuso seriamente o quiso sacarme de encima; es lo primero que articula Carlos después de aquello; me quedé pensando, en caso de ser cierto rechazo el convite, porque mire, no me imagino a la gente gritando Perón Gardel, cómo seguiría, un solo corazón no rima, ése es todo un problema, qué van a decir, Perón Gardel la patria es un clavel, un vergel, un mantel, si se jugaba con Gardel Perón se lo firmaba ahí nomás; Carlos me mira con seriedad, de reojo, semblanteándome, aguanta todo lo que puede la carcajada que al fin estalla; hermano, creí que se iba a descomponer.
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Presiento que Gardel quiere esfumarse, desvanecerse en este corso infame, materializarse frente a la puerta que conoce por su sonido seco, recorrer ese pasillo en el que acecha una morocha, comprobar que la victrola sigue de adorno, adivinar en la penumbra la forma del libro que lo hizo soñar, prender un cigarrillo prohibido que el otro, mientras toma el café oscuro de un trago, inhala de buen gusto y proponer la alianza increíble; Borges compongamos las mitongas; lo esperaba Carlos, sabía que iba a entender, fumemos.
Che Pibe, despertáte, dáme un cigarro y vamos, este circo me derrite el cerebro. Triste epílogo para la última noche en Madrid en que se nos ocurrió entrar al concert, dos parejas remedan la danza del tango argentino con movimientos propios de gimnastas rusos, cortes y quebradas reemplazados por mortales giros despiertan el entusiasmo de unos japoneses frenéticos, dos cantores embelesados se miran a los ojos y entonan azúcar, pimienta y sal, azúcar, pimienta y sal, mientras dos gallegas animadas por el tequila salido de la fiebre del tano que monta el show, ensayan entre las mesas unos pasos de milonga flamenca; el tequila que se bebe tan sólo en los bodegones porteños; sentencia el tano micrófono en mano, incentivando la canallada; la noche de Buenos Aires en Madrid.
A la salida, una porteñita vestida de carioca nos atajó; ya se van los señores, el show recién empieza. Carlos la miró; sí piba, a mí el tango me pone triste.
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Lenta, pesada como las siestas de
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Nosotros no fuimos buenos, pasa que los que vinieron después fueron y son un desastre; cuando dice nosotros se señala el pecho con el pulgar de la mano derecha que se mece al ritmo del silabeo de un-de-sas-tre; me entiende; cómo no entenderlo; si tenés alguna duda preguntále petisa; le dijo el flaco alto de canal 7 mandándola al frente, aunque no hacía falta que a la petisa la mandaran, iba sola; General, qué opina cuando en la plaza la gente pregunta qué pasa que está lleno de gorila el gobierno popular; el General busca entre los periodistas moviendo la cabeza y los ojos como los de un muñeco, busca el General a la petisa; si te agarro, si te agarro; la petisa se para; quién es esa señorita; interroga ignorando a la señorita petisa con la mano levantada, y busca la respuesta a la izquierda donde está parado el cabo brujo ministro que se acerca al General, al que supo decir algunas cosas mejores en su vida que; quiero los datos de esa señorita.
Nosotros no fuimos buenos; repite; claro dice Carlos, claro, tal vez yo tampoco haya sido muy bueno y los que vinieron después cantaron y cantan peor, pero hay uno que sí canta mejor que yo y que los demás, ése es el problema, cada día canta mejor; ah, ése es el otro Gardel; el General es viejo, no puede correr a la señorita para decirle te agarré, te toqué, por eso es el brujo sin magia el que lo hace; corré petisa; le gritaron aquella noche, corré para joder nomás, les gustaba tirarle a la gente corriendo; a mí no me pasa, sé que no hay otro Perón en
Desde la ventana salen los disparos de ametralladora, da vuelta el escritorio para impedir que algunas esquirlas del bombardeo lo hieran, cae la araña que hasta ese momento se mantenía casualmente colgada, escucha los aviones y la metralla es definitiva; carajo, carajo; repite varias veces, está solo en esa habitación, nadie está ahí para decirle que no se asome a la ventana, sigue disparando hasta morir furioso, impotente, gigante el presidente. En un lugar seguro de la ciudad la hiena que asalta el poder se prueba la banda presidencial, entre otras cosas planea cruzar las montañas y abrazarse con el General. Peligroso Gardel, son decisiones que uno toma ya no son órdenes que uno obedece y chau, órdenes como aquéllas que me llevaron a mí siendo oficial a participar del derrocamiento de Irigoyen, y a usted a ensayar y grabar por orden de los conservadores ese tango gorila, Patria Mía. Ya ve, el cantor y el militar tiene sus pecas, de eso la gente se olvida, usted lo dijo el otro día, la gente es turra pero inteligente, yo le agregaría que piensa con la panza, por otro lado las órdenes son órdenes y hay que cumplirlas, en cambio ahora decidimos, se da cuenta de la diferencia, si queremos volvemos, usted a enfrentarse con su mito y yo a enfrentarme con el mito de
General, si la bosta es demasiada le saldrán ladrillos de mierda, a ver quién se lo dice, Carlos o yo, mejor lo dos juntos a coro, invitamos a la petisa, a los muchachos que dejan la plaza, al presidente traicionado que dispara por la ventana. Pibe si nos quedamos más tiempo perdemos el vuelo a casa; Carlos me alerta, porque me quedé varado yo esta vez, en otra nube, mirando algo no del todo definido, algo que superará mi intuición, algo que recién ahora, mirando la foto de la petisa puedo precisar con palabras.
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Ah, usted busca a Gardel, sí es acá, vive en la pieza del fondo, pase, pase, está con los muchachos en el patio, pase con confianza; el olor a geranios crece, las voces y la música también; no hace nada, ladra nomás; y avanza sobra las baldosas rojas y negras del conventillo.
Oiga Juan, cambie la yerba y no hierva el agua que la quema; Jorge, no quiere que se los tome también, ganó al truco, quién sabe si no se carteó, me impone cebarle mates, pero no se agrande, mañana puede perder usted; es cierto, perder, ganar, tomar, cebar, acaso son acciones que nos eligen por capricho, por azar digamos, para que las ejecutemos, no obstante usted ha perdido, consecuencia necesaria de mentir toscamente, por esa falta envido que le acepté inexplicable y gloriosamente con 25. Revancha, quiere revancha, no voy a permitir que ese concepto indecoroso guíe mis actos, pero en fin, lo consultaré con mi compañero de naipes, en tal caso tendrá la oportunidad y tal vez gane, de no mentir tanto como lo hacía en vida; tranquilo Jorge, van a terminar a las piñas como la semana pasada y se acaba la fiesta, nunca se llevaron bien, no se van a pelear ahora; tiene razón Aníbal, recuerdo mis días de inspector de aves y el guerrero celta que llevo en mí, reacciona; Jorge, podría decirle que a su guerrero celta lo corro con un bombero, pero no se lo voy a decir, voy a cambiar la yerba y a no hervir el agua para que vea que no le guardo rencor; che, aflojen por hoy o se acaba el truco antes de los ensayos, ah pibe, llegaste, te estábamos esperando, vamos a formar con dos bandoneones, el Gordo y vos, el Polaco y yo cantamos a dúo, los arreglos los hacemos entre todos, acá tenés tu parte, Jorge, Astor, Astor, Jorge, ah, se conocían; Carlos empecemos porque está haciendo un poquito de ofri, este Pedro se hace el santo pero no te prende la calefacción ni por broma; bueno Gordo dále, muchachos, todo listo, arranca nomás
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Qué le parece; y, si ése es el final, no me queda muy claro; miro a Gardel que leyó varias veces la novela; no me malentienda pero me parece un poco simplón. No, no está a la altura del resto que me mostró, pero claro, sepa que no soy crítico, así que no sé. Quiere más café para ver si se le aclaran las ideas; mira al de la barra; dos cafés grandes, dos ginebras, no nos quedaron medialunas, bueno, no importa, traé eso nomás.
El Volver, como la tarde en que regresamos de Madrid, está casi vacío; no se quede así, son sensibles ustedes los escritores eh. Mire, lo que leí hasta ahora me parece bárbaro, aunque sea por eso mereció la pena el intento de volver; usted cómo escribiría el final, después de todo es Gardel, cómo no va a poder terminar una novela.
Se acaban el café, la ginebra y nuestros encuentros; si le parece le mando el final desde Buenos Aires y usted me manda un mail dándome o no su visto bueno; Pibe, póngalo con sus palabras, pero yo escribiría algo así: Gardel encontró en Medellín un refugio para su dolor en un boliche de tangos. Emprendió un regreso inoportuno. No encontró eco en la gente. Cierto que ni su voz ni su pinta eran las de antes. Pero era él. El problema era que ya nadie lo esperaba. Había cumplido su papel coronado por el accidente. Nadie lo necesitaba. Mejor dicho, lo necesitaban en el bronce. El hombre, entonces, decepcionado vuelve a su tumba. A su inmensa tumba. Grande como una ciudad. Grande como Buenos Aires.
No se ría, era sólo una idea.
Disculpe Carlos, pero cómo se ve que a usted no le cobran los puntos y, con todo cariño, vaya a cantarle a Gardel.